Vida Universitaria
Estudiar no tiene fecha de vencimiento
Volver a las aulas después de los 40
Julio empezó su carrera a los 48 años y Paula obtuvo dos títulos universitarios después de los 40. Sus historias muestran que volver a estudiar implica atravesar trabajo, familia, esfuerzo y también el deseo de cumplir un proyecto pendiente.
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Por Hernán Hamra
A los 48 años, cuando para muchos una carrera universitaria parece una etapa ya cerrada, Julio Franco decidió empezar. No era su primer acercamiento a los estudios: ya tenía el título de técnico en Actividad Física y Deporte y una larga trayectoria vinculada a la educación física. Pero quería algo que todavía le faltaba. “Quería tener el título universitario. Y eso era un desafío”, cuenta. Hoy tiene casi 59 años, la tesis terminada y espera la firma de su directora para hacer su defensa y dar el último paso de la Licenciatura en Actividad Física y Deporte.
Su historia transcurrió lejos de una vida dedicada exclusivamente al estudio. Cuando comenzó la carrera trabajaba en una empresa de seguridad, era bombero voluntario y tenía una familia. Había días en los que el tiempo parecía no alcanzar. También tuvo que convivir con quienes consideraban que a su edad ya no tenía sentido volver a estudiar. Un jefe llegó a decirle que “ya se te pasó el tren para seguir estudiando”. Julio siguió adelante.

Dos historias, una misma decisión
La historia de Paula Fernández tiene otro recorrido, pero llega al mismo lugar. Tiene 46 años y dos títulos universitarios. Se recibió de abogada en la UNDAV en 2023, a los 42, y en diciembre de 2025 obtuvo el título de licenciada en Trabajo Social. Esta carrera la había comenzado años antes, pero quedó trunca. Tenía dos hijas, trabajaba y el traslado hasta la facultad hacía imposible sostener la cursada. Sin embargo, cuando la carrera de Abogacía llegó a la UNDAV, las cosas empezaron a cambiar.
Ella sabía que no sería sencillo, pero también sabía que era posible. Paula se levantaba a las seis de la mañana, llevaba a sus hijas al colegio, trabajaba hasta la tarde, volvía a buscarlas y después viajaba para ir a cursar en la UNDAV. Cursaba hasta las nueve o nueve y media de la noche y, al regresar, todavía quedaban la casa, la comida y las tareas escolares. “Esa era la rutina de lunes a viernes”, recuerda.
Para ella, el cansancio académico no fue lo más difícil. El mayor desafío estuvo en otro lugar: sentir que el tiempo dedicado a estudiar era tiempo que dejaba de compartir con sus hijas. “Sentís que dejás de compartir tiempo con tus hijos para dedicárselo al estudio”, explica. La culpa apareció como una compañía constante durante esos años.
Su experiencia también puso en evidencia una diferencia que, según Paula, se hacía visible dentro de las aulas. Mientras muchos compañeros varones que tenían familia podían terminar su jornada laboral y concurrir a clase, las mujeres con hijos seguían pendientes de lo que sucedía en sus casas. El teléfono, los mensajes y las llamadas formaban parte de la cursada. Estudiar también implicaba sostener una organización familiar que no se detenía cuando comenzaba la clase.
Una realidad que también atraviesa a la universidad
Las historias de Julio y Paula se inscriben en una realidad más amplia. En la UNDAV, más del 21% de los estudiantes regulares que actualmente cursan tiene 40 años o más. El dato corresponde al cuatrimestre actual y muestra que los adultos tienen una presencia significativa en las aulas.
Para Antonella Capurro, secretaria académica de la UNDAV, esa transformación también modifica la manera de entender las trayectorias universitarias. Entre los mayores de 40, casi el 70% trabaja más de 30 horas semanales. A eso se suman, en muchos casos, responsabilidades familiares. “Tienen una permanencia estable, pero una cantidad de materias de avance por cuatrimestre mucho menor, que se explica por las condiciones materiales”, señala Capurro.
La diferencia, entonces, no está necesariamente en el compromiso. Para Capurro, incluso ocurre lo contrario. “Son mucho más responsables”, sostiene. Los estudiantes adultos, explica, suelen anticiparse a las evaluaciones, organizar mejor sus tiempos y buscar ayuda cuando la necesitan. También participan de las actividades institucionales y permanecen más tiempo en los espacios de la universidad. “No están perdiendo el tiempo”, resume.

Julio recuerda que sus compañeros tuvieron un papel fundamental cuando estuvo cerca de abandonar una materia que le resultaba especialmente difícil. Se organizaron para estudiar juntos y lo alentaron a continuar. “Me hablaron mis compañeros y me hicieron ver que era posible”, cuenta. Para él, la diferencia de edad tampoco fue un impedimento para integrarse al aula. “De mí parte, con mis compañeros más jóvenes y los docentes, siempre estuvo la mejor predisposición”.
Capurro encuentra una diferencia más profunda entre quienes llegan a la universidad recién terminada la escuela secundaria y quienes lo hacen después de los 40. “A los 20 tengo que estudiar y a los 40 quiero estudiar”, plantea. En esa frase resume una relación distinta con el tiempo y con la educación. “Hay algo del deseo de aprender que es completamente diferente”, agrega.
Ese deseo puede tener diferentes motivos. En algunos casos aparece una deuda pendiente; en otros, una búsqueda de reconversión o mejora laboral. Pero también puede ser la necesidad de demostrar(se) que todavía es posible. Paula había dejado dos veces una carrera universitaria antes de conseguir sus títulos. Julio empezó su licenciatura casi tres décadas después de haber terminado su formación como técnico.
El desafío de llegar hasta el final
Para Paula, quizás como para tantas otras personas, la obtención del título tuvo además un impacto concreto en su vida laboral. Después de recibirse de abogada consiguió un incremento de sueldo, un ascenso y un cambio de categoría y funciones. “Sin el título nunca lo hubiera logrado”, afirma. Pero el logro no fue solamente profesional. Ella es la primera universitaria de su familia y entiende que sus hijas también fueron parte del esfuerzo. “Lo logramos las tres”, dice.
Hoy, una de esas hijas tiene 24 años y está a punto de recibirse de abogada. La diferencia es que ella comenzó la carrera apenas terminó el secundario. Paula, en cambio, llegó al título después de haber trabajado, criado a sus hijas, abandonado una carrera, retomado otra y atravesado años en los que estudiar parecía incompatible con todo lo demás.

Capurro, desde su función como secretaria académica, también observa que, en algunos casos, el desafío aparece justamente cuando la carrera está llegando a su fin. Hay estudiantes mayores de 40 que atraviesan casi todo el recorrido y encuentran dificultades frente a la tesis. No necesariamente porque carezcan de herramientas académicas, sino por algo más íntimo que se relaciona con la dificultad para reconocerse como protagonistas de aquello que construyeron. “Hay algo que a veces los hace dudar y que es muy subjetivo, porque prácticamente llegaron, es solo un paso más”, explica.
Julio está justamente frente a ese último tramo. Después de más de diez años desde que decidió volver a estudiar, tiene la tesis terminada y espera convertirse en el primer universitario de su familia. Paula ya cruzó esa meta dos veces. En sus historias hay diferencias, pero también una coincidencia: ninguna de las dos decisiones llegó en un momento de la vida en que estudiar fuera sencillo.
Quizás por eso sus títulos significan algo más que un papel. Son la prueba de que una historia que parecía cerrada puede volver a abrirse. De que el tiempo dedicado al trabajo y a la familia no necesariamente cancela los proyectos personales. Y de que la universidad puede ser también el lugar donde una persona adulta se permite recuperar una posibilidad que alguna vez creyó perdida.

Paula lo resume desde su propia experiencia: “Si no tuviste la posibilidad, hacelo cuando puedas, porque siempre se puede”. Julio, después de haber comenzado a los 48 y a punto de convertirse en licenciado, lo dice todavía de forma más sencilla: “Jamás es tarde para estudiar”.