Editorial
Debate e ideas
Nosotros, las mayorías
La historia nos ha demostrado que, con la guerra y la violencia, se beneficia una ínfima parte de la comunidad en desmedro de las grandes mayorías. Ya es tiempo de que entendamos que todas y todos somos esa mayoría.
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Por Ing. Jorge Calzoni | Rector de la Universidad Nacional de Avellaneda
Si tomamos como referencia —de manera más o menos arbitraria— a la Revolución Francesa, no nos equivocaríamos al afirmar que, desde entonces, la humanidad no ha transitado largos periodos de tranquilidad. Atravesadas por tensiones externas y presiones internas, nuestras sociedades vivieron bajo pesadas amenazas, aunque también, es justo decirlo, tuvieron oportunidades para transformar la realidad.
Si bien se tiende a pensar —casi dramáticamente— que la complejidad de la escena contemporánea siempre es de tortuosa resolución, no es menos cierto que siempre hay salida, un camino, la esperanza de que todo habrá de mejorar.
“El siglo XXI debería ser el de la construcción de una cultura del encuentro, para resolver prejuicios y proponer puntos en común”
El sistema universitario de toda la región —con excepción de algunos pocos países— atraviesa un deteriorado y persistente desfinanciamiento presupuestario. Lo sufren las funciones de enseñanza, investigación y extensión universitaria, no menos que las áreas de infraestructura y equipamiento.
El avance tecnológico, cuya dinámica es notable, requiere inversiones sostenidas, y no es precisamente el sector privado quien las realiza. Tampoco lo hizo en el pasado (que sí es el caso de otras regiones). Si, en ese contexto, el Estado se retira, no hay forma de alcanzar la frontera del conocimiento.

Hay experiencias de diverso tenor que no podremos desarrollar acá, pero sí podemos afirmar que Estados Unidos, China o Israel invierten en ciencia y tecnología al menos ocho veces más que nuestro país; aun los países vecinos superan con creces nuestros niveles de inversión en ese campo. No quiero abrumar con números, las estadísticas están disponibles en las plataformas pertinentes.
“La ciencia no es neutral. Cuando se decide no invertir se hace cristalina la decisión política de qué país se quiere construir”
Lo hemos afirmado otras tantas veces y no nos cansaremos de repetirlo: la ciencia no es neutral. Cuando se decide no invertir se hace cristalina la decisión política de qué país se quiere construir. Quienes invierten, independientemente del sesgo ideológico, lo hacen asociado a su desarrollo y procurando una síntesis entre lo público y lo privado. ¿En serio tenemos que discutir, a esta altura de los tiempos, que exportar materia prima y comprar manufacturas y tecnología es una mala decisión?
China va por su plan quinquenal número quince. Argentina no pudo completar el segundo a mitad del siglo veinte. Teníamos mayor desarrollo industrial, fabricábamos aviones, autos, maquinarias, industria nuclear; la pregunta que nos hacen los chinos es: ¿qué les pasó?
Hoy China es una nación muy desarrollada (¿un socialismo de mercado? ¿un capitalismo de Estado?) y junto con otros países asiáticos con características políticas y organizaciones distintas, han logrado —a través de economías planificadas— el mayor crecimiento macroeconómico del mundo. Y nosotros seguimos discutiendo el Estado y al Mercado, como si pudiéramos prescindir de alguno de ellos.
“Mientras no podamos acordar mínimos puntos que nos permitan proyectar futuro, no habrá un futuro común que nos integre a todos”
La otra situación a considerar, tanto en Argentina como en América Latina y el Caribe, es que no fuimos capaces, aún, de saldar nuestro pasado. Mientras no podamos acordar mínimos puntos que nos permitan proyectar futuro, no habrá un futuro común que nos integre a todos.
Persiste entre nosotros una discusión binaria acerca de la historia, en la que se intenta imponer a otros la visión propia, sin escuchar ni comprender los contextos. Para ofrecer un ejemplo extremo: este año, en Argentina, discutimos un buen tiempo acerca del sable corvo de San Martín. Este “debate” pretendía adaptar la historia a una visión presente que denominan “batalla cultural”: horrible terminología que modifica la historia permanentemente, en lugar de intentar comprenderla.
El siglo XXI debería ser el de la construcción de una cultura del encuentro, para resolver prejuicios y proponer puntos en común que hagan cierta la construcción de un tiempo de paz.
La historia nos ha demostrado que, con la guerra y la violencia, se beneficia una ínfima parte de la comunidad en desmedro de las grandes mayorías. Ya es tiempo de que entendamos —de una buena vez— que todas y todos somos esa mayoría. La que sobrevive a los tiempos difíciles. Las comunidades que merecemos construir una vida mejor.