Investigación

Una radiografía de la juventud

¿Cómo piensan los jóvenes hoy? Claves para descifrar a una nueva generación

El docente – investigador de la UNDAV Mg. Santiago Hernández busca entender cómo construyen sentido político y cultural: qué consumen, qué sienten, en qué creen y cómo imaginan su futuro.

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Por Diego Orcoyen

Pongámosle un nombre: Mateo, Mía, Sofía, Gael, Enzo… Tiene 21 años y vive en el Conurbano sur bonaerense. La situación del país lo hace enojar, pero lo que verdaderamente lo tiene estresado es su propia economía y sus estudios. En él, en ella, la ira ante la injusticia convive con la esperanza; se imagina mejor en 5 años. Se identifica con las ideas de Milei, pero no consume contenido libertario.

En el mundo digital, busca aquello que lo hace reír; escucha opinión política en redes, pero reacciona con indiferencia. No ve un país fracasado: ve uno desperdiciado. Suele utilizar la IA, pero no se ilusiona con lo que promete. No aspira a ser emprendedor y cree que “el que se esfuerza, llega”.


Para el Mg. Santiago Hernández comprender a la juventud “exige mirar donde ellos efectivamente están mirando, no donde nosotros esperamos encontrarlos”.

¿Cómo comprender mejor a la juventud argentina? ¿Cuáles son sus aspiraciones e intereses? ¿Qué expectativas tienen de cara al futuro? ¿Cómo construyen su vida y su ser ciudadanos y ciudadanas? “Entenderla exige mirar donde ellos efectivamente están mirando, no donde nosotros esperamos encontrarlos”, plantea el docente-investigador del Departamento de Cultura, Arte y Comunicación de la Universidad Nacional de Avellaneda (UNDAV), Mg. Santiago Hernández, en diálogo con ADN|UNDAV.

El Mg. Hernández es el responsable del informe “Radiografía de los jóvenes argentinos de 18 a 24 años”, un estudio que busca entender cómo construyen sentido político y cultural hoy: qué consumen, qué sienten, en qué creen y cómo imaginan su futuro, realizado a través del mencionado departamento, la Secretaría de Investigación y Vinculación Tecnológica e Institucional y el Observatorio de Políticas Públicas.

La investigación se realizó sobre 500 casos efectivos de jóvenes residentes en distintas regiones del país, mediante un panel digital con cuotas de edad, género y región. El estudio combinó una encuesta, el análisis de las respuestas abiertas y un trabajo de antropología digital.

“La apuesta no era medir intención de voto ni humor social, sino algo más de fondo: entender los circuitos por donde esta generación arma su relato del país, del trabajo y de sí misma generalmente por fuera de la política y de las instituciones tradicionales”, detalla.

Esperanza y agotamiento

Uno de los hallazgos es la convivencia de expectativas positivas con un fuerte cansancio emocional. El 72% se imagina mejor dentro de cinco años, mientras que el 36,6% manifiesta sentir agotamiento emocional seguido y el 37,7% miedo al futuro.

“Pero esa esperanza es sobre todo individual: es la proyección personal, no la lectura sobre el país. Conviven porque responden a registros distintos. La esperanza se ancla en lo que cada uno cree poder controlar (el propio esfuerzo, el propio proyecto); el agotamiento responde a lo que no controla: la inestabilidad laboral, la falta de previsibilidad, la sensación de modo alerta permanente”, explica el Mg. Hernández.

Para el investigador, esa tensión se resume en el perfil que el estudio denomina “la agotada que cree en sí misma”: “carga la crisis sobre su propia espalda, no responsabiliza al contexto, y aun así llega a decir "no me puedo imaginar en cinco años". Es una generación que no dejó de creer, pero que sostiene esa creencia a fuerza de autoexigencia”. El esfuerzo aparece, de hecho, como un valor transversal: el 68% cree que “el que se esfuerza, llega”.



Trabajo, autonomía y futuro

Las dificultades materiales condicionan fuertemente esa expectativa. El 41,9% no está trabajando, mientras que el 29,7% no está estudiando. Además, el 69,8% vive con su familia.

Los datos también cuestionan la idea de una juventud volcada al emprendedurismo. Solo el 19% quiere “ser su propio jefe”, mientras que el 53% busca estabilidad o equilibrio. El deseo de emprender, sin embargo, llega al 25% entre quienes no cubren sus gastos básicos.

“Lo más revelador es que el emprendedurismo no aparece donde hay vocación, sino donde falta trabajo: es más frecuente entre quienes no llegan a cubrir gastos básicos, mientras que elegir un trabajo "por pasión" es casi un privilegio de quienes llegan bien a fin de mes”. En los focus groups, cuenta Hernández, esa búsqueda aparece de manera directa: “prefiero un trabajo fijo, 8 horas, algo seguro”.

Y agrega: “La precariedad no mata la esperanza, pero sí dispara la decepción, el agotamiento y el desenganche político. La casa propia pasó de sueño a "meta de otra época". Y la salud mental aparece como síntoma transversal: no se quejan de trabajar mucho, sino de no saber si el esfuerzo va a rendir”.

Libertarismo sin participación política

Otro de los hallazgos del estudio es que sólo el 14% participa o se informa activamente en política; el resto se reparte entre indiferencia, desconfianza y un interés que se mira "desde afuera".

“Lo que explica la afinidad libertaria (que ronda el 46% de la muestra) no es el consumo de contenido libertario: el mapeo de cuentas muestra que el relato político explícito es casi inexistente en la dieta digital juvenil”, dice Hernández.

Lo que sí hay, explica el investigador, es coherencia de valores: individualismo, mérito, agencia personal, que llegan naturalizados a través del humor, el gaming y el entretenimiento, no de la prédica ideológica. Y también destaca una paradoja: casi la mitad de los jóvenes libertarios también quiere que "el Estado garantice que nadie quede afuera".

Para Hernández, allí existe un desafío para las organizaciones políticas: “pelear en el terreno explícito (discurso, militancia, doctrina) es pelear donde casi no hay audiencia joven”.



Un país desperdiciado

La relación con la Argentina tampoco es de rechazo absoluto. El 39% señala al país como principal fuente de enojo, pero cuando se pregunta qué los estresó durante el último mes, aparecen primero la situación económica o laboral personal (37%) y los estudios (30%). El país representa apenas el 4,7% como primera fuente de estrés.

“La metáfora que domina las respuestas abiertas no es la de un país fracasado, sino la de un país desperdiciado. La emoción predominante no es enojo: es frustración, que es distinto. El enojo cierra, la frustración todavía espera algo”, señala Hernández.

En este sentido, cuenta que en los focus group esto toma forma de metáforas muy físicas: la Argentina como una persona mayor con Alzheimer que repite errores, o como un adolescente que no mide consecuencias; pero incluso ahí aparece la idea de una primavera posible "si se ordena todo".

“Es una generación que no idealiza ni reniega del país: lo describen como una casa a medio arreglar, entre parches, donde todavía tienen ganas de habitar”, dice. Aunque advierte que el límite es que esa resiliencia empieza a mostrar grietas: "renace a cada rato, pero ya cansa" resume bastante bien el estado de ánimo.

Mundo digital

Es en las redes sociales donde plasman todo aquello que los atraviesa emocionalmente, a manera descarga. Las redes sociales ocupan un lugar central en la vida cotidiana de esta generación, aunque no necesariamente como espacios privilegiados para informarse. “Las redes no funcionan como fuente de información sino como infraestructura afectiva: ahí los jóvenes descargan ansiedad con humor, buscan motivación, sostienen vínculos y leen la actualidad en clave de meme, no de noticia”.

Algo similar ocurre con la inteligencia artificial. Los jóvenes la incorporaron para estudiar, resolver dudas y también como recurso de apoyo emocional, pero mantienen una mirada crítica sobre sus alcances. “El 66% no quiere que la inteligencia artificial tome decisiones que afecten a personas y el 60% prefiere que decida un humano, aunque solo el 25% cree que la IA va a mejorarle la vida. En los focus esa ambivalencia es explícita: "está bueno que te ayude, pero no que piense por vos". Si se ha convertido la IA en el terapeuta de 1 de cada 4 jóvenes, este es un dato fuerte que habla de la salud mental y de la IA como recurso a mano”, afirma el investigador.

El desafío para las universidades

¿Qué puede hacer la universidad frente a esta generación? Para Hernández, primero debe cambiar el lugar desde el cual intenta interpelarla: “El desafío no es de contenido sino de terreno. Las instituciones y las universidades en particular tienden a esperar al joven en el lugar donde ellas mismas se sienten cómodas: el debate ideológico, la participación formal, la interpelación política directa. Pero el sentido de esta generación se produce en otro lado: en el humor, el gaming, la compañía digital, el ida y vuelta cotidiano con una IA que ya es rutina”.

Pero también hay un desafío material. “Una parte enorme de esta generación estudia y trabaja a la vez, bajo un estrés que las universidades muchas veces no contemplan en sus estructuras (horarios, exigencias, acompañamiento)”, dice el Mg. Hernández.

En ese escenario, destaca el valor de la universidad pública: “para muchos jóvenes, es el único ejemplo de meritocracia que efectivamente sienten real ("llegué a la universidad porque era gratuita: primer profesional de la familia"), lo cual la convierte en un activo simbólico enorme, no solo educativo”.

Un hallazgo original

La investigación deja, finalmente, una conclusión que atraviesa todos sus resultados. Para Hernández, la distancia de los jóvenes respecto de la política tradicional no debe confundirse con apatía.

“El hallazgo más original del estudio, para mí, no es ninguno de los datos sueltos sino la disociación en sí: la distancia entre lo que los jóvenes dicen ser políticamente y lo que efectivamente consumen. Esa brecha no es apatía, es una forma de agencia”.

Y concluye: “No es una generación al margen del Estado por indiferencia, sino una generación que aprendió a organizarse al costado de él”.

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24 de agosto de 2026